
Las atrocidades médicas del siglo XX, especialmente durante la Segunda Guerra Mundial, obligaron al mundo a replantear la ética médica, entonces surgieron documentos que centran toda intervención médica en la elección libre y consciente del paciente.
Por Dra. Patricia Rippa M.P. 1291
Los mismos se refieren a la capacidad de una persona para decidir por sí misma y el consentimiento voluntario, claves para el debate sobre la eutanasia, que fijan los principios modernos de ética en investigación y en medicina, por tal motivo es imperioso conocerlos y saber la evolución histórica respecto a la autonomía.
El debate sobre la eutanasia en Argentina se enfrentará a discursos que, por desconocimiento o resistencia ideológica, buscarán detener cualquier avance legislativo. Pero la historia de la ética médica demuestra que la medicina ha evolucionado y debe seguir evolucionando hacia modelos cada vez más centrados en la autonomía, la dignidad del paciente, el respeto por sus decisiones y la compasión ante el sufrimiento. No es un capricho moderno, es la consecuencia lógica de una larga construcción moral que atraviesa siglos de práctica médica.
La medicina actual no se rige por mandatos rígidos, sino por principios éticos que buscan equilibrar beneficios, riesgos y, sobre todo, la voluntad del paciente, es decir, la ética médica siempre ha evolucionado, negarse a discutir la eutanasia apelando a un texto antiguo es desconocer esta evolución.
El Código de Núremberg (1947) nace a raíz de los juicios efectuados en esa ciudad alemana después de la segunda guerra mundial, a los principales criminales de guerra lideres nazis de alto rango, donde se juzgaron, entre tantas crueldades, por realizar experimentos médicos sin consentimientos, a partir de ese momento quedó claro que, ninguna intervención médica puede realizarse sin autonomía, ningún bien social justifica sacrificar la dignidad individual, el cuidado de la vida implica respetar la decisión de quien la vive.
Quienes se oponen al debate sobre la eutanasia suelen invocar un abstracto “valor de la vida” que, paradójicamente, contradice los principios fundantes de la ética contemporánea.
La Declaración de Helsinki (1964), elaborada por la Asociación Médica Mundial en Finlandia, documento rector de la ética médica mundial, nace como respuesta del código anterior y reafirma que el bienestar del ser humano está por encima de cualquier interés científico o institucional, este es un principio crucial, ya que la persona no es un medio, sino un fin en sí misma.
Helsinki exige respeto pleno por la autonomía, el consentimiento informado, la protección de poblaciones vulnerables y el derecho a abandonar cualquier intervención, reconociendo que la medicina debe acompañar al paciente más allá de los procedimientos técnicos, esto último es aplicable a la voluntad soberana de la persona.
Si estos principios se aplican en investigación, un ámbito históricamente delicado y riesgoso, ¿por qué no habrían de aplicarse al momento más frágil de la existencia como es el final de la vida?
Creo que los pilares que legitiman el debate sobre la eutanasia son definitivamente la autonomía, la dignidad y la compasión y negar el debate sobre eutanasia contradice la evolución del juramento hipocrático, que siempre adaptó la medicina a su tiempo, a los principios de Núremberg, que consagraron la autonomía como límite ético universal y a la Declaración de Helsinki, que coloca el bienestar del paciente por encima de cualquier dogma, por ende, quienes se oponen a discutir la eutanasia no están defendiendo la tradición médica, están desconociendo su historia.
La eutanasia voluntaria no es una amenaza, es una respuesta compasiva y racional ante sufrimientos que la medicina no puede revertir, es, en esencia, la continuidad natural de una ética médica que en su evolución ha incorporado verdades esenciales, como expresó Atul Gawande “Nuestro objetivo no es una buena muerte, sino una buena vida hasta el final”
Nuestro país ha dado pasos sólidos y con avances legislativos importantes, Ley 26.529 (2009) que consagra derechos del paciente y el consentimiento informado. Ley 26.742 (2012) de Muerte Digna, que permite rechazar tratamientos que prolonguen artificialmente la vida en casos irreversibles o terminales y la Ley 27.678 (2022) que asegura el acceso integral a cuidados paliativos.
Sin embargo, queda un vacío legal debido a que ninguna de estas normas contempla la posibilidad de solicitar una muerte médicamente asistida ante un sufrimiento físico o psíquico intolerable.
Sostener que un paciente debe agonizar contra su deseo es replicar, en otra escala, la lógica que Núremberg condenó, la subordinación del individuo a un supuesto “bien superior” decidido por otros, mantener a una persona atrapada en un final indigno, bajo la excusa de una moral ajena, no es preservar la vida, es vaciarla de sentido, quienes se oponen a la eutanasia no defienden la vida, defienden una forma de control sobre la vida de otros, y lo hacen en nombre de creencias personales, no de principios médicos.
El argumento central es simple, la medicina evoluciona, la ética evoluciona, y la ley debe acompañar.