Diario El Independiente || Edición Digital
Skip to main content

Doña Ramona, la última uvera de Villa Sanagasta

A sus 95 años recién cumplidos, Doña Ramona "China" Herrera sigue siendo una figura entrañable en el paisaje sanagasteño. La llaman "la última uvera", porque en su memoria y en sus manos se guarda una parte de la historia del trabajo de la tierra, cuando las fincas daban uva, higo y granada, y el sol acompañaba a las cuadrillas que cortaban racimos al ritmo del verano.



Nacida en Sanagasta, Doña Ramona vivió su juventud entre el perfume de las viñas y el trajín de las cosechas. Su hijo menor, Jerónimo Nicolás Narváez, recuerda con emoción aquellos años: “Ella con mi papá siempre vendían esas cosas. Ser uvera era cuando el jefe de la finca los llamaba a cortar uvas, para trabajar. Antes había mucha viña, mucha gente trabajando. Después, de a poco, se fueron vendiendo las fincas y eso se fue perdiendo. Quedó una sola, allá por la Ruta 75.”

Fueron décadas de esfuerzo, de madrugadas frías y tardes ardientes. “La uva la ponían en cajones y con una angarilla, como una escalera, la llevaban rápido –cuenta Jerónimo–. Se trasladaba mucho antes, y de eso vivían. Se vivía del trabajo de la finca”.

“Ramona tuvo once hijos. Hoy vive en el barrio Las Pampas, cada año se realiza el festival sanagasteño. Allí pasa sus días acompañada por una de sus hijas, con la lucidez intacta y una fortaleza que asombra”, relata su hijo.

“Hace unos días, el 5 de noviembre, cumplió 95 años. “Está bien, se cayó hace un tiempo y se golpeó la cadera, pero gracias a Dios se levanta. Para la edad que tiene, está muy bien. Del cerebro está perfecta”, dice su hijo, con una mezcla de orgullo y ternura.

“Antes de asentarse en Sanagasta, la familia vivió en Huaco, donde también trabajaban la tierra. Sembrábamos acelga, lechuga, tomate, morrón. Vendíamos verdura, flores, el ciruelo, el damasco. También la pasa de higo, la granada, la dalia, el junco. Todo eso se cortaba temprano para poder vender al otro día”, rememora Jerónimo.

Aquella vida sencilla, hecha de trabajo y de contacto directo con la naturaleza, fue desapareciendo con el avance de los tiempos. “Eso se perdió, sí. Se vendió casi todo. Sólo quedó una finca con viñas, ahí por la 75 (ruta). Ahora hay una cafetería, la gente va a tomar té por ahí”, comenta con cierta nostalgia.

Al preguntarle qué le diría hoy a su madre, Jerónimo no duda: “La quiero mucho. Ya tiene su edad, y no se le puede pedir más. Uno no sabe si va a llegar a esas edades. Antes se criaban con comida casera, sin tantas cosas industriales como ahora. Se cocinaba con leña, y todo tenía otro sabor”.

Doña Ramona “China” Herrera encarna ese tiempo en que la vida rural era el centro del mundo sanagasteño. Su historia, como la de tantas mujeres tierra adentro, es la memoria viva de un oficio, una forma de estar en el mundo y una lección de dignidad que perdura, aunque las viñas se hayan ido borrando del paisaje.