
Afirman algunos consultores políticos que el caso del ex intendente de Capital Alberto Paredes Urquiza y el espacio que supo generar en torno: Encuentro por La Rioja, es uno de los más complejos y fascinantes para el estudio de los avatares que atravesó la política riojana en los últimos años.
El ex intendente de la Capital fue acaso el dirigente que en un año electoral jugó sobre la línea de terreno y, simultáneamente, al filo del reloj, hasta el extremo. Y los extremos tienen sus riesgos de los que puede ser difícil escapar.
Comenzó su derrotero con grandes expectativas, configurándose líder de un espacio que se consideraba determinante en el Capital y que había logrado aglutinar un número de dirigentes diversos, en su mayoría caras nuevas en la política, con gran atractivo para un sector del electorado ávido de renovación. Pero sus aspiraciones hacia la gobernación no terminaron de cuajar, tampoco su liderazgo, mientras desarrollaba una gestión municipal cada vez más deteriorada. Su poder fue disgregándose, con poca capacidad de sus funcionarios para sostener lo mínimo, como los servicios esenciales.
Un “basta” esperanzador
Limitado su crecimiento desde el oficialismo provincial, lo que devino en un rápido desfinanciamiento, Paredes Urquiza le declaró la guerra a su antiguo mentor y entonces presidente del PJ, Luis Beder Herrera, y cruzó al gobernador Sergio Casas, a quien consideró objeto de procedimientos cuyos hilos manejaba el ex mandatario provincial. Junto a sus capitanes en el Palacio Municipal hizo suya la consigna “Basta Beder”, pregonando la institucionalidad. No le fue mal en un principio y alcanzó credibilidad, pese a sus antecedentes como uno de los dirigentes surgidos del mismo riñón bederista. Su actitud fue ampliamente rechazada desde el justicialismo, que veía así patentizarse sus fracturas de cara a la sociedad en épocas difíciles para afrontar un Gobierno nacional adverso.
Este movimiento, le permitió al ‘paredismo’ acercarse como aliado a los representantes de Cambiemos en La Rioja, la UCR y el Pro, y recibir un desahogo desde la administración macrista, que aportó algunos respaldos y obras significativas. Así se conformó un armado que concitó las aspiraciones de cambio de los capitalinos, reacios a apoyar al oficialismo peronista, desgastado por décadas sin alternancia.
Las legislativas de 2017 representaron el pico de crecimiento de Encuentro por La Rioja y se saldaron con una victoria compartida con sus aliados en otros estamentos, aún sin llegar a estar en la misma boleta. Encuentro por La Rioja logró dos lugares en la Cámara de Diputados de la Provincia, restando a la mayoría histórica del oficialismo y quebrando la polarización entre el PJ y Fuerza Cívica Riojana. Su apoyo fue crucial para que Cambiemos obtuviera al mismo tiempo los dos senadores por la mayoría, en una histórica elección en Capital, relegando al peronismo a conservar una sola banca, la de Carlos Menem. El futuro se abría promisorio.
Casi una tragedia griega
El resultado electoral de 2017 causó profundas heridas en el PJ que muchos rotularon de insalvables. La posible unidad hacia adelante quedaba sumamente condicionada. El primer diputado de la lista de Encuentro por La Rioja, el viceintendente Felipe Alvarez, que se ubicó segundo en el conteo de votos general, sufrió las consecuencias y no pudo asumir en la Cámara de Diputados al ser rechazado por una mayoría que le indilgó “inhabilidad moral”. La fractura quedó expuesta y Encuentro responsabilizó directamente a Beder Herrera.
Desde adentro, tanto en gestión institucional como en dinámica política el estancamiento de la agrupación fue tal que ni siquiera capitalizó el embate de la fuerte interna que azotó al oficialismo cuando Casas se posicionó para continuar en el poder y chocó de frente con las aspiraciones de varios, entre ellos, Beder Herrera.
Las consecuencias del debilitamiento que implicó la bifurcación del justicialismo se vieron atenuadas por el impacto negativo de las medidas del Gobierno nacional de Mauricio Macri. Nadie quedó a salvo de la crisis y los recursos escasearon para todos. Sobraban las especulaciones y Encuentro se percibía como una pieza estratégica codiciable para los armados en pugna.
Pero los inconvenientes recién comenzaban. Paredes Urquiza vio abrirse otro frente a su ambición de conducir la renovación hasta lograr el Ejecutivo provincial: sus aliados plantearon que era el momento para otro, para el histórico candidato radical, Julio Martínez. Poco duró el tironeo, el apoyo nacional finalmente se inclinaría en favor de este último y el intendente quedaría sujeto a la posibilidad de reelegirse y dar una definitiva batalla contra algunos de los pesos pesados del PJ. En medio de difíciles circunstancias personales, este escenario no lo conformó.
El sondeo que arrojaron las PASO este año, empujó a Paredes Urquiza aún más lejos de sus aliados. El malestar contra el Gobierno nacional hacía riesgosa e irremisible la apuesta. Del otro lado, en el oficialismo, los candidatos ya eran demasiados y se abroquelaron dándole la espalda. El tiempo pasó rápido y lo depositó a las puertas de las elecciones generales todavía sin jugar sus cartas. Concibió la alternativa de ir solo por la gobernación, en una lucha solitaria y para muchos digna. Pero detrás estaba su espacio, o una parte de lo que de él quedaba, la fila de dirigentes que dependían de un intento en uno u otro sentido. Fue esa mesa chica la que lo acompañó hasta la opción menos pensada: ser parte del armado de Beder Herrera en su desafío por retornar a la Casa de las Tejas. Esta vez, llevando a Paredes Urquiza por la reelección como intendente y apelando a que Cambiemos hiciera una performance insignificante.
La decisión menguó aún más a Encuentro por La Rioja y no funcionó. Días después del 27 de octubre de este año, tras resultar tercero, detrás de Juntos por La Rioja y de un justicialismo derrotado en Capital, un Paredes Urquiza solitario reconoció que esa alianza de último momento fue “un retroceso”. Y agregó: “siento que la gente consideró que nos faltó coherencia. En nuestro caso fue un error y la gente me castigó. No sé cuánto tiempo durará este castigo”. Lo dijo y se adentró en una especie de purgatorio político del que es difícil dilucidar pasos hacia arriba o hacia abajo, esta vez muy personales, pues dio libertad de acción a todos sus dirigentes. Un lugar que observan con incredulidad e interés los consultores políticos. Sujeto a sus propias circunstancias y decisiones.