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“Nunca te equivocas si le das tiempo al silencio y a la canción que sale de adentro”

En el Día de la Mùsica reflejamos la historia de Ana Roble, pianista, compositora y arregladora riojana, que en la actualidad vive en Alta Gracia, Córdoba acaba de lanzar su tercer disco “Sabe el viento” (Shagrada Medra), con la producción ejecutiva de Susana Guzmán.



 

Por Pilar Ferreyra

“Si tenés mucho ruido en la cabeza no escuchas nada. Pero si escuchas la canción dentro tuyo, antes de escribirla, tu cuerpo será el instrumento de eso que está adentro. Y no al revés. Es el silencio interno el que permite que salga lo auténtico. Si le das tiempo a tu silencio, a tu canción, no te vas a equivocar nunca, porque eso viene de un lugar que es verdadero”. Estas palabras profundas hasta la provocación, también pueden aplicarse a la vida. Son mucho más que un camino de encuentro creativo. Son de la pianista, compositora y arregladora riojana, Ana Robles, dirigida con cariño  a las nuevas generaciones de músicos populares.

            Capricorniana, hija de un padre cooperativista, perseguido por la dictadura; que tocaba en el piano las canciones que Ana sacaba de oído. Sobrina de dos mujeres que cayeron presas en los setenta. Nieta de una abuela cuyo piano, a pesar de estar en la sala en que casi solo se entraba para rezar los novenarios, “siempre estaba abierto”.

            Esta paciente pero activa letrista, que ahora vive en Alta Gracia, una ciudad situada a 36 kilómetros de la ciudad de Córdoba, acaba de lanzar su tercer disco “Sabe el viento” (Shagrada Medra), con la producción ejecutiva de Susana Guzmán.

Para esta morocha de ojos achinados azabaches, madre de tres, casada con el saxofonista inglés, Nick Homes, la base del buen arte es escucharse a uno mismo, pero también la disciplina, la constancia y el tesón. “Me costó aprender a leer música. Pero agradezco haberlo logrado. Una de las protagonistas de ese aprendizaje fue mi querida maestra y madrina de confirmación, Elvira Allendes”.

Entre los once y los quince cursó en la Escuela Polivalente de Arte. En el lapso comprendido entre el año 1995 y el 2000, estudió dos carreras en la Escuela de Música de Buenos Aires. Y en 2001, después de probarse a sí misma que podía vivir del arte ejecutando bossa nova y jazz sobre los pianos de varios cruceros, se fue a Inglaterra: con todos sus ahorros, una dirección en Londres y un pasaje de ida y vuelta.

Dice que lo que más añoró de nuestra tierra fue el español: “las palabras extranjeras no te tocan igual” y, “la costumbre, de onda nomás, de los músicos de acá, de reunirse a tocar”. Pero también advierte que hay cuestiones que en el Primer Mundo se ponen más fáciles: “Se puede vivir muy bien de la música”.

 Lo más lindo de Ana, quizá, además de la cadencia de sus melodías de raíces folclóricas, la influencia del jazz en las armonías y los arreglos, y el sonido de orquestación de los instrumentos de cuerda, son las letras. Hechas una a una por ella. Nacidas de su  silencio; de la paciencia de su alma, de su singularidad. Historias preciosas que nos llevan de viaje. Tomados de su mano.