Los Kristiansen convivieron durante 70 años con una leyenda contada por un viejo miembro de la familia. Ahora la corroboraron..
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Cada vez que su bisabuelo relataba la historia, eran pocos en la familia que le creían. Le gustaba jugar con sus interlocutores y sobre todo sembrar la duda en ellos. Narraba que una tarde, mientras cocinaba galletas un bombardero alemán se estrelló contra el sueño pantanoso de la granja. ¿Sería cierto el hecho situado por el hombre en noviembre de 1944? El lugar, elevado en Birkelse, al norte de Dinamarca, pertenece a los Kristiansen desde hace décadas.
En aquel entonces, según el cuento, el hombre había explicado que las fuerzas de ocupación nazis en el país se habían llevado los restos de la nave. Este detalle hacía dudar más a quienes escuchaban atentos con los ojos bien abiertos la historia. No había pruebas de semejante relato.
Eran pocos entre los nietos y bisnietos quienes daban crédito de ese cuento. Pero Daniel Kristiansen, de 14 años, decidió emprender la aventura. Quizás, a pesar de lo que decía su ancestro, podría quedar algún resto del caza. Para ello debería contar con la ayuda de alguien más. Fue así que convenció a su padre, Klaus, de intentar concluir con la duda familiar que había generado "el abuelo". El desafío coincidió con un requerimiento escolar sobre la Segunda Guerra Mundial. Es por eso que la idea encajaba incluso para sus estudios. Encontrar un caza alemán en su propiedad no era cosa de todos los días.
Fue así como Daniel y su padre Klaus consiguieron un detector de metales y comenzaron a recorrer cada centímetro de la granja. A cada paso, el adolescente se esperanzaba con hallar algún indicio de la narración de su bisabuelo. Hasta que finalmente, el aparato emitió la señal sonora: algo había allí, en ese espacio, bajo tierra. Con palas, intentaron saber qué había allí. Pero no pudieron encontrar nada. Mientras, el detector continuaba disparando el alerta: había metales. Padre e hijo necesitarían una retroescavadora.
Con la ayuda de la maquinaria, tres metros bajo tierra, hallaron el tesoro histórico. Aquel del que tantas veces había hablado el bisabuelo y que tan pocas veces habían creído. Pero no sólo había hierros retorcidos. También encontraron restos humanos. "Al principio encontrábamos fragmentos de metal, pero súbitamente nos vimos frente a huesos y pedazos de ropa. Era como abrir un libro de ayer", dijo Klaus en diálogo con la CNN.
Pero allí, a varios cientos de metros de la vivienda, lo que había sepultado era un Messerschmitt Bf 109, un caza alemán ultramoderno que se comenzó a fabricar en 1935 y que era una de las armas más letales de la Luftwaffe, la Fuerza Aérea Nazi. Había alrededor de 4 mil piezas desparramadas por la tierra que deberían ser recogidas y seleccionadas. Incluso podía verse el motor Daimler-Benz que lo propulsaba. Daniel tenía ya algo que presentar en su colegio, pero además algo histórico para aportar al museo de la ciudad.